- Pero si me quedo aquí, olvidaré. Y no quiero olvidar. Mayele Kunasse me habló en una ocasión de la piel de la memoria.
- ¿Qué es eso?
- Yo no lo entendí entonces –asentí cansino-. Me dijo que la memoria es como una cebolla que tiene muchas capas. En la más profunda está la verdad, lo que somos, lo que realmente somos, el lugar al que pertenecemos, nuestro origen, el olor de nuestra madre, el semblante de nuestro padre...Y me dijo que al crecer vamos formando nuevas capas, encerrando ese corazón. Y cuanto más crecemos, más capas aportamos. La vida va creando nuevas pieles, a veces tan gruesas que incluso nos apartan de los recuerdos más inmediatos; así que los más lejanos o profundos...
- Y si perdemos la piel de la memoria...
- Lo perdemos todo – acabé sus palabras.
- ¿Y merece más la pena la memoria del pasado que el valor del futuro?
Lo medité.
- No lo sé –reconocí-. Pero creo que conservando el pasado y esa memoria, podremos ser mejores en el futuro, aprender de los errores, y evitar que todo sea peor.
Este fragmento pertenece a uno de mis libros preferidos: “la piel de la memoria”. Lo leí cuando todavía estaba en tercero de secundaria, a instancias de un profesor. Me marcó profundamente y lloré con cada uno de los párrafos. Este precioso libro cuenta la historia de Kalil Mtube, un niño africano de Malí, que fue vendido por su propio padre como esclavo. Episodio a episodio, palabra a palabra nos acerca a una realidad que nos es desconocida pero que ha pasado y sigue pasando con demasiada frecuencia, mientras el mundo entero mira hacia otro lado fingiendo que no existen. Cuando cada una de las partes de esta historia está sucediendo ahora mismo, con otros niños y niñas. Sólo queda que la siguiente frase se cumpla:
“Que la amnesia y el silencio no maten por segunda vez a decenas de millones de esclavos”
martes, 26 de enero de 2010
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